Félix Julio Alfonso sobre Agustín Acosta – Un poema vasco –

Agustín Acosta (Matanzas, 1886 – Miami, 1979) es una de las voces líricas más importantes del primer medio siglo republicano en Cuba. Formado en la estética modernista y autor de un volumen de poemas antológico dentro de la temática de denuncia social: La Zafra (1926), su producción poética ha tenido una desigual valoración crítica y una oscura posteridad.

En la presente nota, sin embargo, nos interesa comentar un soneto de Acosta titulado “Un vasco”, el cual, detrás de una aparente anécdota costumbrista, nos revela un profundo sentido de la condición humana.

Lo primero que llama la atención de estos versos es el argumento, pues a diferencia de canarios, gallegos y andaluces, que por su enorme peso migratorio durante los siglos coloniales conformaron un imaginario colectivo en la Isla y dieron carne a múltiples personajes literarios, los vascos han padecido cierta “invisibilidad” en el panorama de la creación artística cubana. Aun así, el tema vasco en la literatura insular puede vanagloriarse de aquel formidable Farraluque “cruzado de vasco semititánico y habanera lánguida”, cuyas hazañas eróticas perturban las páginas de Paradiso, la gran novela de José Lezama Lima. Pero leamos ahora el texto poético de Acosta y hagamos luego algunos comentarios.

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UN VASCO

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Usa boina de paño y bebe el vino en bota.
La báquica alegría en su tráquea repica.
Resume en cesta y cancha su juego de pelota,
Y ama la sombra histórica del árbol de Guernica.

En su español gracioso su verbo se complica
Cuando el lenguaje éuscaro con la razón agota.
El mismo es como un árbol en cuya savia rica
Sueña la tierra áspera de Vizcaya remota.

No ceja a la esperanza de posibles retornos.
Es un lingote férreo fraguado en altos hornos,
Que como un estandarte romántico enarbola

Un corazón de niño de todo mal ayuno.
Sabe de Iparraguirre, del Gernikako arbola,
¡y no sabe quien es don Miguel de Unamuno!

..

Ignoramos la fecha de redacción de este poema o el personaje que lo inspiró, más la cronología y el supuesto modelo no importan en este caso.

El artículo indeterminado “Un” apunta que el vasco de Acosta es, más que un ejercicio poético de color local, un texto que insinúa una tesis. Veamos porqué. Al inicio del poema, el protagonista se nos muestra como un arquetipo del inmigrante de la península ibérica, incorporando a su imagen las tradiciones étnicas, tales como “la boina de paño”, el difícil arte de beber el vino de una bota y la afición al juego de pelota en frontón, diferente del béisbol o pelota americana. Sin embargo, esta mirada un tanto folklórica se vuelve penetrante cuando afirma que también “ama la sombra histórica del árbol de Guernica”, que es la manera de expresar los vascos su concepto de la libertad política.

La segunda cuarteta invoca la nostalgia, el recuerdo y la añoranza de volver. De nuevo acude la metáfora telúrica del árbol, y a ella se añade otro elemento fundamental del pueblo vasco: su lengua. Son los giros y frases de la lengua materna la expresión del sentir más íntimo, por oposición al “español gracioso”, que es la voz de la razón, y en sueños divisa las costas remotas de su patria. No obstante, a continuación de estos tópicos de la melancolía, Acosta introduce una comparación sorprendente, el vasco de su poema es “un lingote fraguado en altos hornos”, pero posee “un corazón de niño”. Es un ser dividido entre su tierra y la Isla, comparten su espíritu la tenacidad del acero y la bondad de su alma. Es, en suma, un hombre duro y quizás un poco triste, pero bueno.

Sin embargo, es al final del poema donde se descubre cual es el enigma de esta figura amable. Su secreto descansa en una confesión, no por insospechada menos reveladora: nuestro vasco conoce la figura de José María Iparraguirre, el gran bardo romántico y recuerda las estrofas de su himno patriótico Gernikako arbola, escrito en lengua vasca, mas ignora quién es don Miguel de Unamuno. ¿Cuál puede ser el sentido de esta declaración? ¿acaso dar fe de la rusticidad del vasco iletrado? ¿una solución ingeniosa cargada de ironía? Pensamos que no, y proponemos la siguiente interpretación de la frase final. Como es conocido, se trata de dos figuras emblemáticas y al mismo tiempo antagónicas de la cultura vasca. Iparraguirre tuvo una vida bohemia y aventurera, combatió en las Guerras Carlistas y vivió un largo exilio por tierras de Francia, Suiza, Alemania y América Latina, mientras que Unamuno, nacido en Bilbao, estudió en la Universidad de Madrid, donde se doctoró en Filosofía y Letras con una tesis titulada Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca (1884), que anticipaba sus posturas contrarias al nacionalismo vasco de Sabino Arana.

Agustin+Acosta+400

El grueso de su obra, de carácter existencialista, la desarrolló mientras ejercía como profesor de griego y rector en Salamanca. No es posible imaginar dos visiones de la vida más diferentes, y es este detalle el que nos revela, a pesar del fingido reproche que sugieren los signos de asombro del poeta, el sentido más hondo del poema. El vasco de Agustín Acosta no es un hombre ilustrado, es un trabajador que recusa a uno de sus paisanos más famosos, pero este hombre humilde es conocedor de sus raíces y portador de una cultura ancestral, que encontró su cantor y su poeta en el autor de Agur Euskalerriari, mucho mejor que en el castellanista catedrático salmantino, cuyos poemas y preocupaciones filosóficas se dolieron siempre de los destinos “de España”. Creemos que esta visión del drama nacional vasco, explícita en la antinomia Iparraguirre-Unamuno, y su retrato cariñoso del inmigrante euskaldun, al que le perdona en el fondo ignorar al autor de Niebla, a pesar de su grandeza como escritor, hacen que el soneto de Agustín Acosta nos siga ofreciendo el testimonio de un afecto, una singular prueba de simpatía por el País Vasco, su historia y su pueblo.

Félix Julio Alfonso López

En la Habana, julio y 2004.

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