Javier Arzuaga – Creo que se nos fue efectivamente con el alma llena y nos dejó con el ánimo vacío.

Amaia y Angel.

Sucedió hace varios años. ¿Seis?, ¿ocho? Vivíamos todavía en Puerto Rico. Una mañana me encontraba solo en casa, leyendo probablemente, cuando entró una llamada telefónica. ¿Javier Arzuaga? Sí. Le llamo de Donosti, mi nombre es Amaia Apaolaza, queremos conocerle, ¿nos recibiría en su casa? Despacio, despacio, por favor, me llama de Donosti ¿y me dice que quiere venir a Puerto Rico a conocerme?, ¿he entendido bien? Perfectamente. Me suena a broma, o que están llamando del hospital para enfermos mentales de Santa Agueda. Risas. No, cómo se le ocurre. ¿Y puedo saber a qué se debe esto? ¿Por qué no me dice que sí y se lo explicamos ahí? Es que se expone a perder miserablemente tiempo y dinero. Eso ni le va ni le viene a usted. Es verdad, ni el tiempo ni el dinero son míos, haga lo que mejor le parezca, conocerán al menos Puerto Rico, “la isla del encanto”. Fue así como les conocí. Amaia y Angel, Angel González Katarain. Tres mañanas corridas, intensas, cruzándonos preguntas y respuestas, adentrándonos, echando raíces, pavimentando con losas de piedra caliza una amistad insólita. Sí, hay amistades que echan raíces no entre piedras sino hasta en la piedra misma. Todo porque les hablaron -creo que fue en Cuba y creo que fue Martín- de “la galera de la muerte” y del sacerdote vasco que acompañó en la galera y en el paredón a los condenados a muerte por los tribunales revolucionarios en los primeros meses del 59 en La Cabaña. La lejanía física no fue óbice para que la amistad creciera. No siempre son los ojos y los oídos por donde la amistad se abre camino. Se hace grande a veces y suelta ramas y se cubre de flores sin necesidad de palabras. O con palabras que vuelan y suenan como la pelota en un frontón de jai alai Así la nuestra. Ellos se dedicaban a grabaciones musicales y películas documentales. Lanzaron una edición digital de “la galera … “, cambiado el título -ahora “A la medianoche”- y otras mínimas modificaciones. Angel documentó en un video, sesenta minutos de duración, el contenido básico del libro.

Los dos eran de aspecto saludable. Diría que más Amaia. Los dos, muy trabajadores. Amaia más extrovertida, ingeniera incansable de puentes de comunicación, en rastreo continuo de amistad o clientela comercial. Angel más introvertido, con antenas y radares en ojos y oídos, atento desde su silencio a cuanto se moviera o dijera a su alrededor. Desconozco el nombre técnico con que se le designa a alguien que sirve de ´manager´ a cantautores, a cantantes o grupos musicales, graba su producción artística y programa sus actuaciones públicas. A eso iba dirigido el grueso de su trabajo. Desconozco la razón -no era política, desde luego- que todos los años les llevaba a Cuba. Acaso fueron la primera vez como turistas curiosos y siguieron yendo porque les gustó la tierra y la gente. Navegaban como subidos a una nube en el cielo azul. El trabajo era mucho, fuerte, exigente, pero ellos lo acometían con ilusión y lo cumplían a carta cabal. Amaia, inseparable de su móvil, entrada y salida continua de mensajes. Angel a su vez, de su cámara de cine, de las que no abultan mucho, escondida, y que de pronto, rápida y astuta, salta a sus manos y graba en silencio, medio cerrados y sonrientes los ojos del amo. “Akeita”, como vuelo de gaviota, era su reclamo digital. Y “Semillas en el tiempo” el espacio web que abrieron y en el que iban depositando documentos, escritos o filmados, de diverso interés: “Las siete Calles”, -siete que en La Habana llevan nombres vascos: Belascoain, Zulueta, Ayestarán, Obispo Espada, Loynaz, Aranguran, Goikuría- , “A la medianoche”, Kubamusika y otros. El futuro les sonreía y ellos caminaban sonriendo al futuro.

El día 23 de julio murió Amaia. En los brazos de Angel. “Como una luz que baja, se va, suave, dulce, lenta …”, me escribió Angel a las pocas horas. La guerra contra el cáncer había durado año y pico. Había luchado con todas sus fuerzas. Cuando supo que la enfermedad podía más que ella, que perdía la partida, había iniciado ya otro sueño y marchaba por él con la sonrisa de siempre en los ojos y una esperanza nueva en el alma. Como diciéndose a sí misma: Déjate llevar por la energía y la luz del Amor y verás que la vida no acaba con la muerte, que esta vida es como el capullo que precede a la rosa, como la oruga que se transforma en crisálida, ninfa, mariposa, que es vida que se va haciendo Vida en el misterio infinito del Amor. Con tu permiso, Amaia, voy a reproducir un trocito de la última carta que me escribiste. “Así pues puedo decirte que aquí sigo viviendo cada día más tranquila, y aprendiendo a tener una vida más saludable y espiritual. Por ello estoy muy contenta. El amor que empiezo a sentir está en mí y crece por los demás. Y así deseo que sea mi vida. De amor incondicional. Tengo Fe de que todo está bien y sigo viviendo las experiencias que hoy me toca experimentar y aprender para seguir creciendo y llenar mi alma.” Creo que se nos fue efectivamente con el alma llena y nos dejó con el ánimo vacío. Un adiós difícil, muy difícil. Duele menos convertido en un ¡Hasta luego, Amaia! Dejó una hijita habida con la ayuda de Angel. Iara se llama la niña. Angel saldrá adelante, claro que saldrá adelante con los recuerdos, los papeles y la hija hijísima que al irse Amaia dejó en sus manos…

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AMAIA, AL AÑO DE SU MUERTE
agosto 1, 2016

¡Amaia! Hace un año, poquito más, que se nos fue. Si yo supiera quién es el que traza el mapa de nuestras vidas, le hubiera dicho que ¡hombre!, ¿era necesario? , podías haberla retenido unos años más entre nosotros, hasta que yo me fuera, hasta que Iara creciera y se hiciera una mujercita, hasta que sus proyectos echaran raíces y se hicieran firmes, hasta … Desde luego, parecía ser mucho más útil entre los vivos que por ejemplo yo. Pero las cosas son y marchan sin consultarnos y sin recabar nuestra licencia. Suceden y no nos queda otra respuesta que inclinar nuestra cabeza. ¡Calla y sigue caminando! La amistad que me unió a Amaia fue corta en tiempo, pero de intenso afecto. Quedan vivos en la pantalla de mi memoria los recuerdos del primer encuentro en Puerto Rico y de los que siguieron a ésta en Arantzazu, en Aralar, en Azkárate, en Ordizia, en Oñati. Cada uno con su entidad propia, intensa, sumamente agradable. Queda también, como parte de ella, su prolongación en la amistad de Ángel. Para mí los recuerdos son como trozos de la vida de la persona recordada incrustados en la del que recuerda. Amaia sigue viva en mí y en cuantos la recuerdan. Al principio su ausencia fue como un espino o una piedra. Hacía daño. Al paso de los días, como sucede siempre, se ha suavizado y se siente como una brisa, como una sonrisa, como el aroma de una flor. Ausencia y recuerdo que me hablan de y me comunican optimismo y alegría de vivir, me enseñan a tender puentes hacia los otros, con quienes tenemos que compartir camino, mesa, sueños, vida. Esa era la Amaia que conocí y la que sigue viva dentro de mí.

Javier Arzuaga Lasagabaster

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