POR LOS CAMINOS DEL PERÚ. – Escribió Javier Arzuaga un día como hoy

Se tarda más, estoy seguro, en bajar de las Cinco Esquinas en los Barrios Altos a la Plaza de Armas y el puente La Alameda en el corazón de la Lima colonial que en leer la más reciente de la novelas de Mario Vargas Llosa, “Cinco esquinas”. El primer capítulo es como un sentarse en un tobogán de caída rápida por una pendiente escabrosa , alucinante. El sexo en distintos escenarios y variadas modalidades por un lado y la política corrupta y psicótica, enmascarada en chantajes al principio y descubierta al final, por otro, son los hilos conductores de principio a fin de la novela. Me parece ver que en la mente de don Mario todo va dirigido a extender el dedo acusador señalando al Doctor, el jefe de los Servicios de Inteligencia, lugarteniente y brazo derecho de Alberto Fujimori. El novelista quiso alguna vez ser presidente del Perú y corrió en unas elecciones que ganó el japonés camuflado de peruano de la mano del Doctor, que se metió así al Presidente en el bolsillo. Estamos hablando de Vladimiro Montesinos. Al doblar la última página, uno queda como suspendido en el aire, abiertos los ojos mirando el vacío y con el pizarrón de la mente apagado, a oscuras. Me ha sentado muy bien la novela, aunque pienso que no es de las mejores del Premio Nobel peruano, “La casa verde”, por ejemplo, me gustó más. La razón por la que “Cinco esquinas” me ha puesto ante la computadora a escribir estas líneas es que me ha despertado los recuerdos de aquellos tres años vividos en el Perú, no precisamente los mejores de mi recordatorio. Perú de arriba abajo, en tobogán, de Talara a Tacna, el Pacifico a mano derecha, los Andes a mano izquierda. Piura, Cajamarca, Trujillo, Chimbote, Huaraz, Huacho, Lima, Tarma, Ucayali, Huancayo, Ica, Ayacucho, Arequipa, Cuzco, Machupichu, Puno, Titicaca, Copacabana (Bolivia), Moquegua, Tacna, Arica (Chile). Tres mil kilómetros de largo, miles más subiendo y bajando y dando vueltas a los cerros inhóspitos de los Andes, recorridos una y otra vez. A tres mil, cuatro mil, hasta cinco mil metros sobre el nivel del mar, a soroche limpio. En cierta forma, los años más encharcados de mi vida. Era simple misionero de filas, miembro del Equipo Misionero para América (EMA), cuando llegué a Perú en enero del 65 y director del mismo tres años más tarde, cuando lo entregué a la Confederación de Religiosos de España (CONFER) para que lo enterraran y nunca más volviera a poner los pies aquende el océano. Me eligieron director del EMA en ausencia mía. Me negaba a aceptar el cargo y me doblegué a la voluntad de mis superiores bajo apercibimiento de que pudiera resultar más enterrador que director. Así fue. Nunca entendí que sesenta hombres hechos y derechos, pertenecientes a distintas Ordenes o Congregaciones de religiosos, no se dieran cuenta de que el Concilio Vaticano II venía dictando nuevas maneras de ´ver´ y ´hacer´ Iglesia, de que era hora de cambios y renovaciones, de que las misiones que predicábamos pertenecían a tiempos idos, a circunstancias vencidas en el tiempo. (Todavía hoy me río de pena al recordar algunas de nuestras actuaciones, los contenidos y los estilos de nuestra predicación). Tampoco podía entender que los obispos y el clero local vivieran -no todos, gracias a Dios- tan despistados como nosotros, que sintieran la urgencia de hacer algo, pero hacer ¿qué?, y nos aceptaran, sin querernos, a actuar en sus espacios. Una tras otra, todas las diócesis por la que pasábamos, me fueron dejando la misma sensación de tiempo y esfuerzos perdidos. En la preparación de la misión de Lima se produjo el choque de trenes. Chocamos dos cabezotas, la del Arzobispo Cardenal, Su Eminencia XX y la mía. Fui retirado del equipo organizador de la misión, vinieron de Madrid los que dirigieron en última instancia la misión -agosto y septiembre del 67- . El Presidente de la CONFER, jesuita, decidió un receso, tiempo de reflexión, y el EMA murió de muerte natural. El cuento me ha quedado corto. Contado en todos sus detalles, hubiera salido más largo, no tan interesante ni tan bien escrito, como “Las cinco esquinas” de don Mario Vargas Llosa, moviéndose, eso sí, sobre el mismo escenario. Yo quedé muy golpeado por los adentros y no logré levantar cabeza. La presencia constante de una soga ante los ojos, me impidió ver, disfrutar y amar Perú como me hubiera gustado. Una verdadera pena.


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